4 – El duelo

sabio mendigo

El sabio-mendigo

“Quien consiga amar  lo inmaterial y Divino que hay en cada persona, logrará que su amor no muera, sea eterno y transcenderá la oscuridad del inframundo y de  la Muerte.”

El samuray del rey estaba enfermo.

Aunque como soldado había luchado en mil batallas, había sido herido y había visto morir a sus mejores amigos.  Según decían los médicos del rey el samuray había enfermado gravemente por un mal desconocido.

Nunca  temió,  ni temía  la muerte,  ya que era su acompañante diaria.

Pero….su padre, ya mayor,  había muerto recientemente.

¿Cómo podía explicar al rey, a sus soldados, su tristeza y abatimiento inmenso, cuando la muerte le esperaba en cada rincón, en cada nueva batalla a él y a sus soldados, y él sólo, conseguía librarles de ella, una a una, en  mil batallas?

Buscó y buscó, y un pobre mendigo en una esquina viéndolo abatido y viendo por primera vez delante de él un samuray real,  al mendigo  le extrañó y le miró…

El samuray cruzó su  mirada con la del  mendigo y…. titubeó. ¿sabes de algún sabio o médico por este lugar?, le preguntó el samuray.

  • El mendigo vio sus ojos extraños, vivos pero enturbiados por la muerte y las tinieblas y teniendo compasión hacia él le dijo:    ve mañana justo al alba y pregunta por  Shi, allí en la cima de la gran montaña.
  • Sé puntual, a Shi le gusta la puntualidad y sino se enfada.
  • Al día siguiente nuestro samuray llegó justo al alba.
  • El cielo se mecía entre las luces de la oscuridad y las del nuevo día,  bailaban entre ellas la danza del nuevo día, pero aún no había salido el sol.
  • Encontró a Shi como le dijeron.
  • Se acercó y reconoció en el sabio al mendigo del día anterior, el cual  al samuray le dio un consejo y el samuray no le dio nada a cambio, ni una sola moneda como limosna.
  • Le habían dicho los compañeros de su guardia que Shi era un gran médico. recetaba pociones milagrosas, invocaba a las deidades de la naturaleza y todos los que habían  ido a verle habían regresado curados de cualquier dolencia o mal.
  • Shi de pronto le miró y le dijo:   corre, bajemos al río.
  • Y Shi corriendo como sólo un niño corre, bajó como un ciervo entre la maleza, las flores, saltando riachuelos y riendo.
  •  El samuray a duras penas podía seguirle, a pesar de que Shi parecía bastante mayor.
  • De pronto,  Shi se paró.
  • Se sentó al borde del río y le dijo con una suave voz y gran amabilidad:   siéntate, te escucho, cuéntame.
  • El samuray le contó entonces la vida de su padre, sus hermanos, y después de un gran rato,  su final, triste pero alegre, pudo el samuray  estar al lado de su padre mayor y enfermo y acompañarle hasta el último segundo,  y en sus brazos expiró.
  • El samuray sintió en ese inmenso y eterno  instante, como una gigantesca  losa le aplastaba, no podía respirar, la vida se le iba por momentos. Esa fue una sensación desconocida por el samuray…. y enfermó.
  • Shi,  serio le escuchaba, pero siempre miraba al agua del río.
  • Asentía Shi, o bien preguntaba algo, pedía una aclaración,  escuchaba y mecía los pies dentro del río de vez en cuando.
  • De pronto  dijo:   ¡mira samuray !,  y sacudió fuertemente los pies en el agua y le dijo :   mira, el agua, se ensucia con el barro, está turbia, ¿lo ves?
  • El samuray  miró el agua turbia que justo el  mendigo sabio había  agitado.
  • Guarda silencio y mira que ocurre, le dijo Shi.
  • El agua poco a poco se fue aclarando, el barro se fue depositando en el fondo del río y el agua volvió a ser traslúcida y casi transparente.
  • Shi preguntó:   dime samuray,  ¿por qué el agua embarrada ahora está transparente y limpia?
  • El samuray contestó:  el barro ha ido al fondo.
  • ¿Y?,  preguntó  Shi..
  • El samuray calló.
  • Shi dijo:    el tiempo ha hecho que el barro vuelva a su naturaleza,  el fondo del rio y el agua se restablezca como antes estaba. El tiempo la ha limpiado,  igual que a ti te limpiará tu pesar.
  • El samuray se arrodilló, besó las manos del   sabio mendigo y justo en ese mismo instante una luz entró en su alma, algo que le hizo sumamente leve, sin peso,  como si su padre,  en lugar del mendigo,  estuviera en ese instante  mirándole y sonriéndole dulcemente.
  • El tiempo, dijo Shi, sonriendo.
  • El samuray le sonrió.

 

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