58_ Una estancia en el Cielo

calle-del-cielo

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“Escuchar con paciencia es, a veces, una caridad mayor que dar”. San Luis

 

Luis estaba frente a una puerta. ¿Qué hago aquí?, se preguntó a sí mismo. Miró a su alrededor y era de noche, eso supuso ya que estaba oscuro, y vio en la puerta un timbre. Estaba él y la puerta, pareciese que el mundo se hubiera disipado.

Lo pulsó, esperó, y no contestaba nadie. Lo volvió a pulsar con más insistencia. Nada. Ahora ligeramente enfadado miró bien a su alrededor y verificó que realmente estaba sólo y delante de una puerta con un timbre que no contestaba nadie. Tenía frío. Se sentó en el suelo y no habiendo más lugar en su visión que la puerta se apoyó en ella. De pronto la puerta cedió, o se abrió, y una voz dijo:   !no hay nadie señor¡,  e hizo el gesto de cerrar la puerta. Luis vio su ocasión y gritó : ¡estoy aquí abajo!

La voz, una señora de color negro y delantal rojo, le preguntó levantando las manos: hijo, ¿que haces en el suelo tirado?, por favor entra, hace frío para estar en el suelo.

Luis intentó explicar lo ocurrido pero un joven, alto, con una túnica blanca le preguntó: ¿eres Luis?

  • Sí, contestó. ¿Cómo sabe mi nombre?
  • El joven alto le dijo: hace rato te esperamos pero no venías.
  • Luis contestó: he llamado al…. pero el joven alto le interrumpió, lo siento Luis o mejor dicho, me alegro Luis, estás en el Cielo, has llegado después de tu larga enfermedad. Falleciste  ayer con 98 años y al fin estás con nosotros.
  • Luis aturdido, no se había enterado que se había muerto ni que estaba en el Cielo y  le preguntó al joven.
  • No recuerdo nada, no entiendo nada.
  • El joven le sonrió y le dijo, ayer hablamos, ¿no recuerdas?, vinieron al hospital tus hijos y tu familia y yo te indiqué el camino hacia aquí.
  •  Luis seguía aturdido, pero como si unas nubes se disiparan de su mente recordó algo. Sí, cierto, había estado  en un hospital y llevaba allí mucho tiempo. Le embargó en ese momento la tristeza y comenzó a llorar y el joven alto se levantó y le puso una mano en su hombro.
  • No estés triste Luis, estás en el lugar de la infinita alegría y sólo es un recuerdo de tu pasado reciente.
  • Luis se sobrepuso un poco, se frotó ligeramente las manos.  Hacía frío allí, ¿has dicho que estoy en el Cielo?
  • Exacto le contestó el joven, por cierto, mi nombre es Juan.
  • Luis comenzaba a recordar. Un hospital, su familia, lloros y él se vio en un rincón y toda su familia se acercaba llorando y se despedían, eso parecía, de un anciano en la cama.
  • Eras tú, dijo Juan. Justo habías muerto y tu alma se quedó en el rincón viendo la escena que cuentas, pero ellos no podían verte. Ahora eres joven y como te decía has entrado en el Cielo.
  • Poco a poco las energías parecían que volvían a Luis, recordó lo que Juan le iba indicando, y, cierto, durante su estancia en el hospital ya anciano, Juan y él tuvieron largas conversaciones donde Juan le decía que iría al Cielo y él le llevaría ante Dios.
  • ¿Te sientes mejor?, preguntó Juan.
  • Sí, bastante mejor, no sé que me ha ocurrido.
  • ¿Quieres algo de beber, un té, café, agua?
  • Sí, contestó Luis, ¿puede ser un cortado corto de café?
  • Seguro, y Juan se lo entregó  de su mano.
  • El café humeaba y Luis dio  un sorbo. Estaba bueno y como recordaba él al café.
  • Bueno, le dijo Juan. Debería de llevarte a ver a Dios yo en persona, pero hace poco en el pueblo, así llamamos aquí al Cielo, hemos hecho elecciones para alcalde, y Dios que estaba de alcalde a perdido y ahora es Pablo el alcalde, el San Pablo que tu conoces y Dios desde entonces no recibe siempre.
  • Mira,  sigue esta calle y al final la calle gira a la derecha. Hay una plaza. Y una casa pequeña que pone Dios, es de color amarillo. Llama al timbre.
  • Luis no entendía nada. Parecía que estaba el en Cielo, pero era un pueblo pequeño, y por cierto las calles estaban sucias, con papeles, hojas de no haber limpiado en algunos días. Apareció un perro en una esquina y Luis dijo: no me lo puedo creer. Levantó una pata y mojó con su orín la pared.
  • Hay algo que no me cuadra, pensaba para sus adentros Luis , mientras caminaba por una ancha avenida llena de árboles en flor. Por cierto, no veía a nadie.
  • La avenida giró a la derecha y  Luis  vio una pequeña casa que en letras infantiles ponía “dios”.
  • Con falta de ortografía pensó Luis, Dios es la D con mayúscula.
  • Vio un timbre, un timbre grande de color rojo. Lo apretó ya que cabía en sus dos manos. El timbre sonó.
  • ¿Quién llama? contestaron.
  • Dios no podía ser, ya que debería saber quien llamaba.
  • Soy Luis, gritó.
  • Vale, entra, le respondieron y la puerta se abrió.
  • En frente vio a un señor anciano, con barba blanca e igual que Juan con una túnica o algo así, de color blanco.
  • ¿Qué deseas le preguntó?
  • Soy Luis, me ha indicado Juan que…
  • ¡Ah sí, cierto¡, espera un segundo. Siéntate, ahora bajo.
  • Luis estaba en una sala, amplia, con ventanales diáfanos, y se sentó en una silla y vio que el señor anciano subía por una escalera de madera hacia el piso de arriba.
  • Pasaron unos minutos y el señor anciano volvió  con un niño pequeño de la mano.
  • Bajaban por la escalera ambos y el señor anciano dijo: Luisito, baja como todo el mundo los escalones, no te pares en cada escalón, sino nunca llegaremos al final de la escalera y ese señor nos espera, vamos, ánimo.
  • El señor anciano de pronto se enfadó, se agachó y levantó a Luisito y lo cogió en sus brazos. ¡Así  está mejor! . El señor anciano bajó.
  • El señor y el niño se sentaron en una amplia butaca pero el niño se resbaló ya que  quería estar en el suelo.
  • ¿Quieres tus dibujos?, le preguntó el anciano.
  • Sí por favor, contestó el niño.
  • ¡Baltasar ven por favor¡
  • Un señor alto, ataviado con vestidos multicolores y un turbante contestó: sí señor, ¿traigo los dibujos?, preguntó antes que le pidieran algo.
  • Exacto, contestó resoplando, gracias.
  • Esto de estar de tutor es muy pesado, dijo el señor mayor.
  • Luis se presentó y le hizo un resumen, lo mismo que le había dicho Juan y le preguntó, ¿ahora que tengo que hacer, Dios?
  • El señor mayor sonrió y  le dijo, perdona Luis, hay un mal entendido Dios no soy yo.
  • Luis se sorprendió, y preguntó, y ¿donde está?
  • El anciano le dijo, enfrente tuyo.
  • ¿Es un espíritu?, preguntó Luis al no ver a nadie.
  • !Oh no, contestó riendo el anciano, es el niño¡. Aquí le llamamos Luisito.
  • Luis quedó atónito. El niño, una vez que le habían traído sus dibujos resultaba que era Dios. Increible.
  • El anciano se levantó de golpe y dirigiéndose al niño le dijo: te he dicho mil veces que no te salgas de la raya. Mira, estás escribiendo con un boli y te has salido de la raya y manchado la alfombra.
  • ¡Baltasar¡, gritó el anciano.
  • Sí, señor.
  • No te dije que no le dieras bolis a Luisito.
  • Ya, dijo Baltasar, ya sabe que Luisito hace a veces lo que quiere.
  • Ya, gracias.
  • Baltasar se alejó.
  • El anciano se agachó, cogió con dulzura la mano de Luisito y le dijo, mira, se escribe así dentro de la raya, sin salirte, y escribía cogiendo la mano de Luisito, -mi mamá me ama-. Va,  ahora tú solo, le animó el anciano al niño. 
  • !Siempre el mismo rollo San Pablo¡ , gritó Luisito…yo quiero jugar a la comba no escribir, gritó.
  • San Pablo mirándo de refilón a Luisito , como ya harto de él,  giró bruscamente su cabeza en señal de desacuerdo…. !que harto me tienes Luisito, cuando vuelva tu madre ya verás…¡
  • Luisito agachó la cabeza y siguió escribiendo…. “mi mamá me ama”,  sin salirse de la raya....
  • Sí, ¿ le decía a ud.?
  • Luis le contestó, me decía ud. que Dios es el niño.
  • Cierto.
  • De pronto se levantó como un ruido, un tumulto y una gran voz gritaba,
  • !Luisito¡, despierta que haces tarde para el cole, ¡este colacaito!, gritaba la voz del fondo…
  • Luisito se frotó los ojos . Se había quedado dormido un instante en el suelo. Profundamente dormido.
  • ¡Entras a las tres y son las dos y media! , gritaba una voz femenina desde el fondo.
  • Luisito como un resorte, se levantó de golpe del suelo, cogió su cartera abrió la puerta  y justo antes de cerrarla, la voz femenina le gritó:
  • No vengas tarde, recuerda que hoy es jueves y de merienda hay pan con chocolate.
  • Luisito cerró la puerta. Otra vez al cole, !que fastidio, dijo!,  con lo guai que era ser Dios y no estudiar.

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