96- El Samuray, un viaje hacia la consciencia

El Samurai

 

El viaje interior de un soldado hacia la consciencia

A todas las madres que han existido, existen y existirán, ya que la humanidad nace, es enseñada y amada a través de ellas. Sin ellas Dios no hubiera construido el Universo. A mi madre, Requiescat in pace in aeternum.

Arturo García

 

1-La colina.

El viento le acariciaba suavemente la cara. Unas pocas nubes adornaban el cielo, despacio amanecía en una colina verde, llena de flores. Nadie diría que era el lugar donde Japón intentaría sobrevivir.

El comandante Imperial, sucesor del Emperador a su muerte, Suzaku, permanecía atento y escrutaba el horizonte del mar. Su ejército esperaba atento sus órdenes. Unas lejanas velas se acercaban. Asistía impávido a la primera invasión mongola en su patria, Japón.

Era el año 1.274 d.C. Suzaku había luchado contra los coreanos, los chinos, piratas de todo tipo, pero nunca contra esos bárbaros, los mongoles. Bárbaros odiados, sin honor.

Comenzaron rápidamente a desembarcar en Hataka (actual Fukuoka), eran miles. La bahía, amplia y semicircular se iba llenando de ruido, soldados y Suzaku vio encima de los barcos unos aparatos que sus espías le habían indicado: las temidas catapultas.

Los ruidos de los tambores mongoles, campanas y gritos de guerra espantaron a los caballos de los samuráis. Suzaku permanecía erguido, atento, como un halcón al acecho. Parecía un tigre vigilando a su pieza. Una sombra de destrucción y duda se cernía sobre la colina, un poderoso ejército venido del continente venía a humillarles, a matarles, a conquistar su tierra, y tenían una tecnología muy distinta a la de ellos.

Sabía que en esta batalla sus tropas japonesas se enfrentarían a una técnica muy distinta hasta la fecha, la guerra y el combate cambiaría del honor ancestral a las nuevas armas y técnicas sin honor.

Sus espías, que se hacían pasar por mercaderes, le indicaron que los mongoles disparaban a grandes distancias y al mismo tiempo generaban «nubes de flechas». Los samuráis disparaban con sus arcos a media distancia, donde lo importante era la astucia, pericia y exactitud en el disparo, del cual nacería como el Sol de Oriente la victoria, disciplinada, exacta, precisa siguiendo las órdenes de su comandante. Eran tiempos de cambio, eran tiempos de defenderse amparados por los dioses. Era la guerra y el honor. No puede haber gloria donde no hay virtud, pensó Suzaku.

2-La batalla

Suzaku mandó a su guardia personal, diez samuráis perfectamente armados y de su total confianza, que llevasen al Emperador a un lugar seguro y velasen por su integridad mientras durase la batalla.

Los mongoles invadían con numerosos barcos Japón. Doscientos barcos perfectamente armados entraban en la gran bahía de Hataka. El día comenzaba. Suzaku había distribuido a sus fuerzas terrestres en unidades comandadas por tres generales, amigos personales suyos desde la infancia.

Una, en la retaguardia de 5.000 samuráis y dos al frente, esperando con 10.000 samuráis cada una. En total 25.000 efectivos, un número difícil de conseguir por Suzaku ya que el Emperador esperó que todo el entramado administrativo se completara con sus jueces, para hacerle su heredero en el trono Imperial a su muerte y después ordenarle luchar con la autoridad que le daba su nuevo cargo contra el enemigo bárbaro. Una autoridad incontestable y absoluta sobre sus tropas, autoridad y victoria, ya que el Emperador creía firmemente que el orden vencería al caos y que la autoridad y lealtad traería la victoria, ya que los dioses son amantes del orden y fidelidad.

Suzaku experimentado en mil batallas giró su caballo negro y entrando veloz dentro de su ejército gritó,- ¡por el Emperador, por nosotros samuráis, por el honor!

Sus soldados gritaron como en otras batallas,- ¡Suzaku!

Perfecta armadura de doble cuero negra, dos espadas una en su cintura y otra en la espalda junto a un arco y sus flechas y una larga y afilada lanza. Botas de cuero, acordonadas firmemente. Pañuelo rojo en su cuello.

Comenzó a galopar entre sus tropas, que al ver a su caballo negro con crespones amarillos de guerra acercándose, se iban levantando y gritando su nombre a su paso.

  • ¡ Suzaku, tuya es la victoria, nuestra es la victoria.!

Suzaku se sentía orgulloso, y a la vez por las informaciones de sus espías, nervioso.

Un sudor frío recorría su espalda ya que todo había sido muy precipitado. Fue informado por el Emperador de un ataque mongol cuando no se esperaba ninguno.

Los mongoles atacaban Japón y Suzaku sabía que traían nuevas armas, algunas estudiadas por él y sus comandantes en secreto para defender a sus samuráis y su ejército, pero otras aún desconocidas por ellos. El ejército amaba a Suzaku, muchos habían luchado desde jóvenes con él.

Los mongoles, entre sus nuevas armas, usaban la lluvia de flechas para diezmar a su enemigo. También disparaban ballestas de grandes proporciones cuando la infantería o caballería contraria comenzaba a atacar causando gran mortandad y pánico entre ella, y

lo más peligroso, catapultas, que ellos los japoneses no tenían, ya que era un gran deshonor. Un samurái luchaba cuerpo a cuerpo con su espada y su lanza, y de forma puntual, usaba su arco apuntando a un enemigo en particular.

Los mongoles eran distintos, sin honor, usaban en grandes cantidades las nuevas armas apuntando a un gran número de samuráis. Era una lucha de deshonor, nunca un samurái lucharía así. Les atacaban unos salvajes con armas nuevas, potentes. Los salvajes los invadían. La batalla empezaba.

Suzaku hizo sonar sus tambores y dio la orden de tener preparadas las paredes de bambú, protectoras para su ejército, que había hecho construir, unas 500 en total, ya que carecían de escudos. A la menor señal de lluvia de flechas las levantarían y su ejército se parapetaría debajo de ellas. Eran empalizadas hechas de gruesa paja entrelazada con bambú, en donde las flechas se estrellarían protegiendo así a los samuráis. Desembarcaban y Suzaku ordenó mediante tambores el inicio del combate.

De pronto, como si Suzaku lo hubiera intuido, una nube de flechas mongolas cubrió el cielo, se oscureció e impactó, casi todas, en las grandes empalizadas ya preparadas a tal efecto.

Silbando miles de flechas pasaban cerca de ellos hiriendo a algunos samuráis.

  • ¡Ordenad retirada hacia la ladera!- gritó Suzaku a sus dos generales, hasta el comienzo de la montaña- La señal fue transmitida por los tambores y trompetas.

Los dos cuerpos del ejército de Suzaku se replegaban rápidamente, lo cual dio a entender a los mongoles que se rendían o se retiraban.

Eso animó a los generales mongoles.

Las catapultas de los mongoles no se armaron, y una vez hechos dos lanzamientos de flechas por los mongoles dieron orden a su infantería de atacar seguros al ver a los japoneses retirarse.

-Son nuestros, dijo el general mongol a los suyos, – ¡enviad a la infantería, dejadlo todo, no montéis las catapultas y atacad, acabaremos hoy con esos bastardos-

Los mongoles en sus barcos habían traído pocos caballos y ese detalle Suzaku lo tomó muy en cuenta.

Cientos de mongoles encuadrados y dirigidos por sus comandantes iban primeros y detrás sólo 200 jinetes a caballo.

Suzaku estudió la estrategia. De momento se cumplía el plan de Suzaku.

Las catapultas no las usaban los mongoles al ver la retirada japonesa e iban al cuerpo a cuerpo, cosa que Suzaku deseaba.

Suzaku dio orden que su infantería figurase primero y escondió detrás a su caballería que era superior en número a la mongola.

Suzaku dijo a su general y amigo- haz ver que la infantería avance y con la caballería envuelve a los mongoles por los lados y espera la orden de retirada de nuestra infantería, es un engaño, los envolveremos.

Como en una gran bolsa los mongoles fueron entrando y rodeados por la caballería japonesa y empezaron a ser diezmados.

Los samuráis japoneses dominaban sus caballos, sus flechas herían certeramente a los mongoles y al final usaban sus lanzas produciendo una gran matanza entre los mongoles. Los mogoles comenzaban a perder.

-Señor, un jinete nuestro se acerca- dijo un soldado a Suzaku-

El jinete descabalgó de un salto y se cuadró delante de Suzaku.

-El soldado saludando dijo -Los mongoles comienzan a descargar y armar sus catapultas, señor-

Suzaku miró fijamente a su infantería y caballería que destrozaban a los mongoles y que estaban en el punto de mira de algunas grandes catapultas mongolas.

  • Ordenad al tercer cuerpo de ejército, hasta ahora escondido, que vaya por detrás de los mongoles y destruyan las catapultas-

Algunas catapultas empezaron a disparar, causando la muerte o hiriendo a cientos de samuráis japoneses como si un enorme martillo los aplastase contra el suelo.

Todo era confusión, gritos, muertos, sangre, tambores, ruido de espadas y galopar de caballos.

-¡Ahora, gritó Suzaku!-

Y saliendo su tercer ejército de entre la espesura a la vez cientos de bolas de cebada prensada y untada en brea ardían y surcaban el cielo lanzadas por los samuráis, arma secreta de Suzaku. Debía comenzar a jugar al mismo juego que los mongoles.

Explotaban ardiendo entre las catapultas y entre los barcos causando una gran confusión entre los mongoles. Se quemaban las velas, barcos, enseres y los que aún estaban en las naves se tiraban al mar horrorizados.

Los mongoles habían sido rodeados, y sus catapultas y barcos destruidos.

La guerra estaba ganada y un rugido de tambores japoneses lo anunciaban.

El emperador salió de su escondite con sus samuráis satisfecho y galopando se acercó a Suzaku y le dio sin decir palabra, pero con una sonrisa, su propia espada. Era el máximo honor para un comandante general y Suzaku sonrió al Emperador.

El enemigo había sido destruido y sus barcos comenzaban a arder, había multitud de prisioneros.

Suzaku sujetando la espada que el Emperador le había dado en premio, miró el Sol de mediodía en su caballo y se sintió muy satisfecho. Todo se había logrado.

El Emperador le dijo mirando fijamente a Suzaku, – que no quede ninguno, quemadlos a todos, quemad sus armas y enterrar sus cenizas con deshonor.-

  • El mal perece a largo plazo y ese plazo es ahora, dijo el Emperador. Debes aprender siendo mi sucesor que el ejemplo impedirá nuevas invasiones, se lo pensarán antes de hacerlo.
  • Así se hará, contestó Suzaku.

3-El retiro

Suzaku miraba desde la cima del valle. Aún le faltaba camino para llegar.

El Emperador una vez al año le concedía un mes de permiso para que hiciera sus meditaciones, agradeciese a los ancestros las bondades vertidas sobre él y su familia así como rogar por El Emperador y Japón.

Esta vez Suzaku sentía que los dioses le querían decir o avisar de algo, sentía el viento, intuía un presagio, pero se fijó en el aquí y ahora, el aroma fresco del valle y en el vuelo de las golondrinas. Preguntó a sus mejores amigos donde estaba el gran Maestro que le habían comentado tantas veces, ya que pensaba era hora de aprender algunos textos sagrados y dialogar sobre los caminos de la perfección. Quería seguir avanzando en su camino espiritual.

Varios le indicaron la misma persona, un gran maestro que vivía en la cima de la montaña más alta.

Suzaku caminó solo durante cinco días, durmió en el suelo asistiendo extasiado al inmenso cosmos donde miles y miles de estrellas encendían la noche y caminó entre ríos y montañas.

Por fin llegó al lugar. Era un hermoso lugar rodeado de inmensos árboles y una vegetación que en parte le era desconocida.

  • Los dioses os den su bendición- dijo Suzaku a un anciano que sentado de espaldas en el río jugaba en el arroyo.

El anciano, desnudo, se giró y sentado en el agua le miró a los ojos y le contestó: -los dioses estén contigo, ¿qué haces aquí?-

Suzaku le dio sus referencias y cada vez que citaba a alguien el maestro sonreía. Viejos amigos, decía.

Sorprendido Suzaku le preguntó:

  • ¿Qué hacéis desnudo en el arrollo y jugando con el agua?
  • Estoy sacando un pez de entre las ramas- contestó el maestro.
  • ¿Es vuestra comida?, preguntó Suzaku.
  • ¡Oh!, no amigo. Es para dejar al pez libre.

Suzaku se sorprendió del maestro y se preguntaba si sería efectivamente él, la persona que tanto le habían recomendado.

  • No te preocupes,- dijo el maestro como si leyese su pensamiento, con frecuencia las apariencias engañan y la verdad está oculta, sólo hay que interiorizar y encontrarla. Ya me habían dicho que vendrías, pero no sabía el momento. Permíteme que te reciba como te mereces. El maestro se levantó y entró en la gruta donde vivía.

Al rato salió perfectamente vestido con el traje samurái antiguo y una tetera caliente entre sus manos.

  • ¿Te gusta el té?, preguntó el maestro. Sí mucho, gracias.

El maestro, como en un ritual sagrado, comenzó distribuyendo los platillos, las tazas, poniendo el té como si lloviese suavemente en ellas, sin temblarle el pulso.

Suzaku se fijó en ello, y le preguntó, -¿fue usted samurái maestro?-

El maestro sonrió, indicándole silencio. Le ofreció a Suzaku su taza de té caliente. -Lo importante no es lo que fui, sino lo que soy, -dijo sonriendo y bebiendo suavemente su té.-

-¿No tenéis miedo en esta montaña solitaria?, preguntó Suzaku-

-Sino existe el miedo ¿por qué temer o para qué hacerlo? Antiguamente cuando los hombres hacían la guerra, temían básicamente a tres cosas -dijo el maestro. Al ruido, por eso sabes que los ejércitos llevan tambores y hacen gran ruido antes de la batalla, a la caída, una vez que el enemigo ha caído o lo hemos hecho caer está vencido y el miedo a la muerte. El maestro riendo le dijo que en realidad son los miedos de un bebé antes de nacer.

Suzaku supo que había llegado al lugar correcto.

 

4-La muerte

Suzaku había dejado en el palacio Imperial, a su mujer y a su hija. También a su madre que estaba enferma durante dos largos y angustiosos años. Los médicos del Emperador la asistían y se había ido relativamente tranquilo a la montaña.

Al tercer día de estar en la montaña llegó con urgencia un mensajero. Le entregó una carta imperial. Suzaku nervioso rasgó el papel con el sello imperial y leyó. Le temblaron por momentos las manos y mirando a lo lejos se quedó en silencio, un eterno silencio. Pasaron unos largos minutos. El aire le faltaba, el mundo había desaparecido y sólo estaba él y la carta.

-Perdón señor, dijo el mensajero, debo ir de vuelta y el camino es largo, ¿cuál es señor su mensaje?- -Que traigan a mi madre. El final de mi madre me dicen que está próximo y deseo estar con ella en este magnífico valle.

A los dos días, según lo ordenado por Suzaku trajeron pronto por la mañana, a su madre. Iba entre cuatro fornidos soldados, echada en una cama soportada por largas ramas de bambú y acompañada por el médico del Emperador y diez samuráis. Suzaku fue corriendo a recibir a su anciana madre. La besó dulcemente, sabiendo que asistía a los últimos momentos, últimas horas. ¿Cuántos besos le podría dar aún?

¡Qué cambiada estaba desde la última vez que la vio! La muerte, poco a poco, hacía presa en ella y envejecida, ella deseaba morir con su hijo, aunque nunca lo manifestó. Suzaku sintió que el frío entraba en su interior, muy dentro, y como un fuego interior y a la vez helado, de una fuerza inaudita hizo que por un momento le flaqueasen las piernas y un soldado samurái le cogió del brazo viendo que Suzaku se tambaleaba.

-Señor, ¿estáis bien?, -dijo el samurái. -Gracias, dijo Suzaku, – he tropezado, gracias soldado. El médico Imperial se acercó a Suzaku y mirándole a los ojos, triste, abatido pero con una energía de un alma que sabe como sufren las almas, le dijo: -Es cuestión de unos pocos días mi señor, quizás horas. Ya sabéis que está muy enferma.

-Gracias, contestó Suzaku. Le gustaba que incluso en los momentos duros o difíciles le dijesen exactamente toda la verdad, sin tapujos, si rodeos, la cruda verdad.

Su madre le había criado, su padre murió en una batalla contra piratas coreanos, llevado a la escuela del pueblo, curado en la enfermedad, arrullado. Incluso en los momentos difíciles de samurái, ya hombre y soldado, le dio consejos que Suzaku siempre agradecía y le sorprendía que una anciana, con pocas palabras, diera en la diana de su corazón y en la solución del problema. ¡Tantos recuerdos se agolpaban en la mente de Suzaku! ¡Tantos recuerdos! y Suzaku lloró como llora sólo un niño que se siente desamparado, siendo el sucesor de un Emperador.

-Vete con cuidado con el ministro tal del Emperador, ten precaución de…- le decía la anciana sonriendo. Siempre estaba disponible, y sin hablar, solo mirando a los ojos de Suzaku sabía cómo estaba su amado hijo. Sin palabras. Sobraban. Eran dos almas, una sola energía que así como la llama de una cerilla enciende un candil, el fuego es el mismo, pero la llama distinta.

La pusieron en la misma tienda de Suzaku y éste se abrigó sabiendo que la noche o los días serían muy largos, muy largos, eternamente largos pensó Suzaku. Hacia medianoche, Suzaku miró a su madre y en ese preciso instante agonizaba.

La cabeza caía lentamente hacia el lado derecho de la cama, despacio, como una leve hoja al caer desprendida del árbol, en la cual el tiempo cruelmente había maltratado y Suzaku se arrodilló queriendo en ese misterioso instante coger la mano de su madre para acompañarla en su viaje. -No mi señor, dijo el médico del Emperador. No la cojáis. Dejad que parta y haga “su” viaje personal le pertenece ese viaje a ella. Es su viaje.-

Suzaku asintió con dolor y sintió, al ver la última expiración de su madre cerca de él, como si una mano gigantesca se introdujera en él y le arrancara de golpe todas sus vísceras y entrañas. Quedaba sólo el exterior, la carcasa, Suzaku había medio muerto y deseado que la muerte le llevase a él también con su madre a pesar de su amada esposa, hija y de su querido señor el Emperador y de su ejército de samuráis. El pasado pasaba vertiginoso delante de los ojos del samurái, de pequeño, en la adversidad, entre risas, en distintos y dispares momentos había sido su fiel y constante amiga y madre, durante tantos años, como un perro fiel, como una rosa en el jardín, como el sol, siempre allí. Siempre presente, incluso en la distancia.

El médico se acercó suavemente a su madre. Cogió la mano, miró el cuello, no latía, se acercó al pecho, escuchó, abrió los ojos que estaban mirando hacia arriba y lentamente, como quien acaricia a un niño, los cerró. Profundamente entristecido,- aunque sabía que era un nuevo viaje para su madre, otra gran oportunidad de enriquecer su karma, que alegre partía rauda junto a sus hermanas amadas que hace días junto a ella la esperaban,- el médico se dirigió a Suzaku.

-Ha fallecido, mi señor, lo siento mucho. Lo comunicaré enseguida al Emperador. Y el médico abrazó al samurái, un abrazo que para Suzaku representaba la totalidad, el cierre de un círculo, el final y comienzo de una vida. Pero Suzaku se quedaba atado a otro plano, a un plano rudo y distinto al nuevo a donde se iba su madre.

Suzaku se retiró. No oía nada, se quedó vacío. Se sentía caer hacia un gran acantilado que nunca había visto antes lleno de oscuridad, vacio, sólo, caía Suzaku a gran velocidad, el infierno sería seguramente más amable.

Suzaku se incorporó lentamente, como si su cuerpo pesara toneladas, se acercó y besó la frente de su madre, el último beso, ¡tantos que de ella había recibido! y ahora ella comenzaba su viaje personal.

Acarició sin saber por qué, como algo automático dirigido por otra voluntad, las cejas de su madre, con amor, despacio, como quien acaricia a una golondrina moribunda, suave, azul, aleteando, aún caliente. Alguien que fue suyo, de la cual vino a este mundo, a la que protegió, cuidó, ayudó y ahora se la arrancaban los dioses sin poder hacer nada, sin luchar y matar a cien soldados si se la llevasen. No podía hacer nada, él que siempre había luchado contra la adversidad y aliviado el dolor de ella.

¡Qué desconocida y cruel batalla había librado! Habían muerto sus mejores hombres, amigos, familiares en multitud de batallas a su lado, y sintió muchas veces el hálito de la muerte cerca, en sus entrañas, muy cerca de él, pero jamás sintió ese nuevo dolor, el dolor de su muerte a través de un ser amado. ¿Cómo podía morir a través de un ser amado, matándole la muerte mediante un ser querido, dejándole totalmente vacío, muerto en vida?

Despacio su maestro se acercó a Suzaku y le dijo: – No trates de entenderlo todo. A veces no se trata de entender, sino de aceptar. Viviendo totalmente la vida, aprovechando hasta lo último de ella, las almas grandes como la de tu madre, son acompañadas por sus seres amados hacia la Eternidad. No está sola. Supo vivir y ha sabido morir en perfecta paz, fue una vida útil- El maestro se fue lentamente, arrastrando pesadamente los pies, el día se acababa.

La noche se hizo oscura y la luz murió con ella. El silencio, lo rodeaba todo. Suzaku en ese instante sólo era consciente que respiraba y cogido a la mano de su madre, la levantó y puso la suya debajo, como si ella aún lo protegiera, a él, a un samurái que había derrotado en multitud de batallas a coreanos, chinos, piratas y no conocía aún la derrota. ¿Quién rezaría por él, quién pensaría por él sin apego, sin intentar obtener nada, desinteresadamente, sólo siendo él, sin traición? El día amaneció y cumpliendo con la Ley y las tradiciones Suzaku dio la orden de incinerar a su madre. Suzaku abatido, se despidió de ella como sólo se despide alguien de un ser profundamente amado.

5-La traición

-Dos hombres con atuendos de comerciantes subieron la montaña, y llegando al lugar vieron la gruta del maestro. Descabalgaron y entraron saludando. -Pasad, dijo Suzaku mientras se fijó que debajo de sus atuendos llevaban dos espadas samuráis y en ella la señal de su clan.

-Sentaos, ¿queréis un té? Preguntó el maestro. -No, gracias contestaron. Parecía que tenían una gran urgencia. Sacaron entre sus atuendos un documento y se lo dieron a Suzaku. Suzaku en silencio lo leyó detenidamente. – ¿Qi-lan, el ministro de comercio, ha encerrado al Emperador, ha cogido el trono a través de la traición?- leyó Suzaku.

-No sólo eso, contestaron los dos samuráis. -Amenaza con ejecutarlo junto a sus esposas e hijos y la familia real que reside en palacio y…

-¿Y?, preguntó Suzaku. – Y vuestra esposa e hija están encarceladas y como Qi-lan descubra de vos un mínimo movimiento, las matará sin dudar. Desea que no os involucréis. -Desea que traiciones al Emperador, interrumpió el maestro. -Haré un té, dijo apresuradamente el maestro- ¿Os apetece dijo a los mensajeros?

-Sí, señor, gracias, dijeron los dos a la vez. Se sentaron.

-Se hizo un largo silencio, y los cuatro, el maestro, Suzaku y los dos mensajeros bebían despacio el té. Suzaku miró el cielo, una golondrina volaba con gran rapidez… – Decid a mi amigo Chun-li que convoque a mis generales y… -Los samuráis le interrumpieron,- señor, Chun-li y los generales han sido asesinados justo cuando veníamos hacia aquí.

-Suzaku, nervioso se frotó la cara y la cabeza. Qi-lan iba a destruir la labor del Emperador, y no sólo eso, asesinarlo. El maestro interrumpió bruscamente la conversación diciendo, -id en paz. Esta reunión nunca se ha celebrado y decid si os preguntan, que os habéis desviado para ayudar a una caravana de mercaderes justo cuando ibais a palacio, decid eso si os lo preguntan, recordarlo-

Los mensajeros esto último subieron a sus caballos y rápidamente envueltos en sus capas desaparecieron. Suzaku miró a su maestro.

-Esperan que te muevas de aquí, salgas y vayas a palacio. En ese camino te asesinaran. No hagas nada. Yo mandaré una paloma mensajera a un monje amigo a mucha distancia de aquí. Esperemos, dijo el maestro. Suzaku pensaba, nunca esperó que la traición actuara tan rápido y fuera tan eficaz. Su maestro le dijo,- la infamia ha sido tramada durante mucho tiempo, son mentes infrahumanas de avaricia y odio. He soñado últimamente que la infamia y la traición se nos acerca – dijo el maestro. Meditemos y esperemos a la paloma de vuelta, tengo un plan. -Haced lo que teméis y el temor morirá, debemos actuar ahora Suzaku- dijo en voz alta el maestro.

 

6-El clan Sogun

Amanecía en el valle donde alta, muy alta estaba la cueva del maestro. Se escuchó un crujido, un ruido, -¡La paloma!, gritó el maestro. La cogió con una habilidad que Suzaku no había visto nunca, como si fuera un pez y el pez o la paloma le conociera. Cogió un pequeño mensaje de su pata. Entre su túnica sacó un papel y comenzó a leer a la vez de los dos.

-¿Qué hacéis maestro? -Descifrando el mensaje-dijo el maestro. No creerás que si la paloma es interceptada descubrirán lo que pone. Sólo lo sabe el que lo ha escrito y yo. Yo tengo el código para enterderlo. Y echó al fuego el mensaje que la paloma había traído. -¡Ya está¡, dijo el maestro. -No podemos dirigirnos al ejército, su mando ha sido anulado, pero sí a diez leales samuráis. Entrarán, dijo en voz, baja, en el Palacio mañana por la noche, burlando la guardia y capturarán a Qi-lan e intentaran arriesgando su vida liberar al Emperador. Si no lo consiguen, estás muerto, le dijo a su discípulo, estamos todos muertos-

-Japón y sus mejores soldados morirán, -contestó Suzaku, entristecido. -Meditemos, dijo el maestro.

Suzaku se sentó al borde de la cueva. Se veía la majestuosidad del inmenso valle que tenía a sus pies. Algunas nubes pasaban cerca de su cabeza de lo alto que estaba. El bosque, el río como un pequeño hilo de agua serpenteante se veía brillar. Suzaku respiraba y era plenamente consciente del aire que entraba y salía por las aletas de su nariz. Inspiración, expiración sin ser forzada, los ojos entornados mirando un poco más allá de sus pies. Se vio dentro de una inmensa energía que rodeaba todo, incluso a él, y vio que formaba parte de una gran Unidad.

Sintió que todo era Uno, veía el bosque, el río, el valle no como algo separado y siendo cosas distintas, sino como una gran unidad, todo entrelazado, un gran todo desconocido y conocido a la vez. El tiempo se congeló y comprendió todo, la creación, la muerte, y la vida. Con una comprensión que sabía que luego no se podía explicar, eran planos distintos y entrelazados a la vez.

Pasado un tiempo del cual no había sido consciente, Suzaku hizo su última expiración, dio gracias y se levantó, buscando a su maestro. Su maestro preguntó a Suzaku, -¿qué piensas de lo ocurrido? Los dos mensajeros no se han ido, nos vigilan, dijo el maestro-

-Mira, dijo el maestro. Suzaku miró fijamente y vio con dificultad en la distancia a dos caballos y a un mensajero intentando esconderse. Era cierto, no se iban veloces hacia palacio, se escondían para vigilarle como indicaba el maestro. -A Suzaku le sorprendió la agudeza de su maestro, él no se había dado cuenta que si los vigilaban, no eran de su clan, el clan Sogun, llevaban entonces ropas falsas. Eran espías. Muy mal se había puesto la situación y él estaba en la montaña con un monje mientras sin él su mundo lentamente cambiaba.

Pensando esto Suzaku, el monje le dijo, – un copo de nieve puede doblar una hoja de bambú, una pequeña fuerza puede doblegar a una mayor, sólo por la astucia y constancia. Esta noche en silencio saldrás a caballo. Te unirás con diez samuráis que verás en el puente rojo. La contraseña será- pronto el agua volverá al río. Allí cambiarás de caballo y ellos te indicarán el camino hacia el palacio imperial. Irás con ellos- -¿Y los dos samuráis vigilantes?

-Dormirán plácidamente esta noche. Puse en su té unas hierbas. -¿Y cuando despierten?

-Tranquilo,-dijo el maestro.

-Haré con paja y unas mantas una especie de muñeco que simule que eres tú, y diré que estás enfermo durante unos días, hasta que se den cuenta. Eso les retendrá aquí al menos un par de días. Los días que tú necesitas. Estate preparado esta medianoche, te llamaré-

7-Cabalgando con la muerte

A medianoche el maestro suavemente le movió el brazo. -Suzaku, levanta, es la hora.

Suzaku se envolvió en su manta, salió por la puerta trasera, y saltando sobre su caballo negro empezó lentamente a cabalgar. No debía hacer ruido para no despertar a los dos mensajeros. Tenía cinco horas hasta que se hiciera de día.

El recorrido fue largo, no por la distancia sino por la angustia de la incertidumbre. ¿Qué pasaría en palacio? De pronto se escuchó un ruido extraño. Suzaku se escondió en el puente rojo, y un pequeño trozo de madera le dio en la cara. Se giró. -Señor, venid aquí- dijo una voz.

Suzaku cogió su espada. Vio escondidos debajo del puente a diez samuráis y a uno le preguntó,- ¿tenéis vosotros alguna contraseña? – Pronto el agua volverá al río, contestó un samurái. Suzaku dijo, -vamos sin dilación, la muerte o la gloria nos espera. Un inmenso muro de diez metros estaba frente a ellos. Era la muralla del palacio y vieron que una multitud de guardias con antorchas la vigilaban.

-Vayamos por aquí- dijo Suzaku. -Se apoyó en una piedra de la muralla, la empujó y está se cayó. -Es un túnel secreto conocido sólo por el Emperador, por mi y quizás por el traidor Qi-lan. Un inmenso y largo túnel de tres metros de ancho por tres de alto descendía dentro del palacio. -Seguidme. El suelo era resbaladizo, la lluvia o el agua se filtraba, había en algunas partes barro, pero era de bajada. Veríamos cómo sería la subida,- pensó Suzaku.

Un zumbido cruzó el aire.-¡Ah!, se escuchó un grito de dolor.

-Un samurái del grupo de Suzaku caía al suelo herido de muerte. Una flecha se había clavado profundamente en su coraza. -¡Al suelo todos, apagad las antorchas!, dijo Suzaku, todos se agacharon. Multitud de flechas a la altura del vientre zumbaban sobre sus cabezas.

-No veo a los guardias. ¿Cómo se enteró Qi-lan que íbamos a venir- dijo Suzaku?

-Haced lo que yo os diga, dijo Suzaku. Dos de vosotros quedaros en el suelo listos con los arcos apuntando-

-¡Nos rendimos! -dijo en voz alta Suzaku, preparando un engaño.

Seis soldados aparecieron a unos veinte metros y dijeron: -Soltad las espadas, arcos y puñales. Dejadlo todo en el suelo- apuntándoles con sus flechas.

Suzaku y sus samuráis comenzaron a sacar sus armas y dejarlas en el suelo. Dos soldados se acercaron. Poneros los grilletes, -dijeron.

Suzaku hizo el gesto de ponérselos, pero en la mano escondía varios pequeños puñales. De un salto veloz, como un tigre, sin dar tiempo al enemigo, lanzó sus puñales al cuello de dos soldados y dijo a los suyos –Ahora , ¡disparad!-

Se agacharon, y los dos samuráis de Suzaku escondidos en el suelo dispararon con sus arcos a los soldados. Dos cayeron muertos y Suzaku cogiendo dos grilletes los lanzó a la cabeza de los dos soldados que aún quedaban. Cayeron heridos.

-Rematadlos,-ordenó Suzaku, si se despiertan estaremos muertos… no sólo nosotros.

8- Entrando en palacio

Los nueve samuráis conocían bien esos pasadizos y uno de ellos le dijo a Suzaku. -¿Veis señor aquella puerta cerrada?- Sí, contestó en voz baja Suzaku. – Mientras nosotros distraemos a la guardia entrad vos por ella. Habrán varios soldados vigilando otra puerta. Allí estará Qi-lan sin su guardia, creemos, tened cuidado.

Suzaku se arrastró por el suelo, muy despacio y llegó a la puerta de Qi-lan. Lentamente la abrió, allí estaban de guardia los soldados de Qi-lan. ¿Cuántos serían? ¿Podrían con ellos? Suzaku vio grandes cortinas que lo rodeaban todo. Tuvo una idea, hizo un chasquido con una fina piedra y apareció una pequeña llama. Un soldado de la guardia de Qi-lan se giró, escuchó algo.

-¿Qué es eso?, gritó el soldado entre un total de treinta que estaban en la sala, protegiendo la puerta de Qi-lan.

Suzaku prendió la llama en el bajo de una gruesa cortina. De pronto esa pequeña llama lanzó una lengua de fuego hacia arriba y con rapidez se quemaban ya varias cortinas y parte de la sala. Los nueve samuráis habían regresado y estaban al lado de Suzaku.

-¡Fuego, se queman las cortinas y la sala!- gritó la guardia de Qi-lan

-¡Ahora! atacad- dijo Suzaku. Sorprendidos, de uno en uno fueron cayendo los treinta guardias de Qi-lan. Pero uno se escapaba y daría la voz de alerta al resto de la guardia. ¿Se abortaría el plan y serían capturados? Suzaku sacó su espada y la lanzó al aire con rapidez, el soldado cayó muerto de bruces.

Abrieron la gran puerta donde debía estar Qi-lan. Qi-lan tranquilamente estaba dando de comer a unos peces en un pequeño estanque. – ¿Venís a por mí?, preguntó indolente. –Sí, dijo Suzaku. –Sabía que vendríais, el humo siempre va antes del fuego y yo vi el humo hace varios días, dijo Qi-lan.

Suzaku dijo- Yo y el Emperador hemos visto vuestra traición y estoy aquí para conjurarla.

-¡Cogedlo!, gritó Suzaku a sus samuráis. Qi-lan se dejó prender dejando suavemente en una mesa la comida de los peces. -¡Encontrad al Emperador¡- dijo Suzaku a sus samuráis.

-Qi-lan dijo- ya estará el Emperador muerto, di la orden. Yo soy el nuevo Emperador.

Suzaku, apretó fuertemente el cuello de Qi-lan y le dijo, -¿Dónde está? Qi-lan sonrió, pero Suzaku sacó su puñal de samurái y dijo en voz alta – si no me lo decís morirás antes que él o justo después de él. Apretó el cuchillo en el cuello y Qi-lan empezó a sangrar.

-¡Ah!, gritó de dolor Qi-lan-. -Está en la sala amarilla, dijo Qi-lan sangrando.

Suzaku de un salto, fue veloz hacia la sala amarilla, y vio que un verdugo, con el Emperador atado y de rodillas en el suelo, le iba a cortar la cabeza. El verdugo levantaba lentamente la espada…

Suzaku sacó una flecha como quien toma el último sorbo de la vida, lentamente, y apenas sin apuntar, sin pensar, la flecha y él eran uno, automáticamente la lanzó al cuello verdugo del Emperador. No podía errar. La flecha silbó a través de la sala como un rayo.

9- El fin es el principio.

El maestro meditaba hace días en la montaña y de vez en cuando iba al río. Los espías desaparecieron después de preguntarle al maestro en numerosas ocasiones cómo se encontraba Suzaku, ya que el maestro había hecho con paja y unas mantas una forma como simulando que Suzaku estaba enfermo.

Los espías viendo al final que era una treta del anciano se fueron urgentemente a palacio. Algunos samuráis que habían venido con el médico del Emperador y la madre de Suzaku, protegían al maestro y se habían quedado por orden del médico. El médico conocía que en palacio ocurrían movimientos y aquí seguramente serían necesarios esos samuráis.

El destino del imperio y del Emperador, y de muchos, estaba en manos de Suzaku y de los leales samuráis que un misterioso monje lejano a través de un mensaje atado en la pata de una paloma les había entregado. Todo estaba en juego en el tablero de la vida y la muerte, era el mismo tablero. El maestro dudaba del futuro de Suzaku, ¿Sería el nuevo Emperador si triunfaba? El maestro se fue al río y empezó a jugar con el agua, estaba fría pero apetecible para bañarse. Los lotos del río hacía tiempo florecidos daban lugar a las amapolas en el infinito valle. La vida seguía ¿pero y en palacio?

-El maestro dijo a un samurái- Vete veloz a palacio. Ten cuidado ya que en el camino te pueden asesinar. Vete con esta paloma. Y si todo va bien envíame un pequeño papel en su pata, pon una raya horizontal en él si todo ha sido un éxito, una en blanco si ha fracasado y la muerte nos acecha. Sé rápido como el viento y silencioso como una serpiente. El samurái con la paloma en una pequeña jaula se fue veloz.

El día se acababa, la noche oscurecía todo, ¿también se oscurecería el futuro?

10- El nuevo Emperador.

El verdugo levantó la espada, y una flecha penetró profundamente en su cuello. Cayó de bruces como si un rayo le hubiera segado la vida. Salpicó de sangre a su alrededor. Se desplomó encima del Emperador que permanecía atado y de rodillas, listo para ser ajusticiado. Parte del palacio imperial ardía. Comenzó un fuego feroz entre las maderas de que estaba construido, cortinas y bambúes.

-Suzaku apartó rápidamente al verdugo ya muerto, desató al Emperador en presencia de sus samuráis que vigilaban la escena, el Emperador se levantó y miró con una sonrisa a Suzaku.

-¿La última batalla?- preguntó el Emperador a Suzaku. Suzaku le sonrió y dijo- depende de los mongoles. El Emperador abrazó a Suzaku.

El Emperador sabía con certeza que en la hora del peligro Suzaku estaría allí protegiéndole, como protegió a sus samuráis, a sus ejércitos, a Japón.

-Te entregué mi espada en la batalla contra los mongoles- dijo el Emperador. Ahora serás el nuevo Emperador, todo te pertenecerá, has cumplido fielmente.

Suzaku miró al cielo. Unas golondrinas, quizás las mismas que estaban en la batalla contra los mongoles surcaban el cielo sin mover sus alas, planeando. Suzaku había llegado por fin a casa. El círculo parecía que se cerraba. Su mujer y su hija liberadas le abrazaron y dijeron- ahora serás el nuevo Emperador papá, le dijo su amada hija abrazándole.

Suzaku recordó tantos abrazos, de su madre, de su familia, del médico cuando le dijo que su madre acababa de fallecer, del Emperador, de su maestro…¿qué sería de su maestro?

Un samurái se presentó ante Suzaku y le dio una paloma. Le dijo – es el mensaje que vuestro maestro espera, ya está atado en la pata de la paloma. Suzaku la lanzó al aire con sus mejores deseos hacia su maestro y hacia la Vida que se iba cumpliendo.

11- El valle de la vida.

El maestro vio llegar su paloma. La cogió nervioso de la rama, desató el mensaje de su pata. Abrió el mensaje, lo leyó y sonriendo vio que era una raya horizontal, la señal de éxito. Suzaku les había salvado, había salvado a Japón y se había salvado así mismo. Todo empezaba de nuevo.

El viento trajo una nueva esperanza para todos aquellos que en la perfección esperaban una armonía con el Todo. Los días pasaban lenta pero felizmente, la conjura y la traición se habían sofocado. Todo, poco a poco volvía a ser como antes, el maestro esperaba noticias de su discípulo, Suzaku, ¿se habría quedado en palacio, sería el nuevo Emperador, volvería para despedirse de él? Los días pasaron.

-¿Quién hay?, dijo girándose el maestro en el río. Tenía el maestro un pez, un gran pez en las manos que luchaba entre ellas…

Suzaku sonriendo le dijo- ¿ya tenéis vuestra cena maestro?

 – ¡Oh no!, dijo el maestro, se había quedado atrapado entre las cañas y lo he salvado, dijo riendo y  lanzándolo libre al agua.  –   Bien, os invito a un té, dijo el maestro. –Gracias, contestó Suzaku, es justo lo que necesitaba.

-Suzaku habló extensamente con su maestro de lo ocurrido en palacio, mientras el fuego del té revoloteando entre las sombras de la cueva hacía extraños dibujos y sombras en las paredes de la misma. Habló de la liberación del Emperador, del encuentro con vida de su mujer e hija y de los magníficos diez samuráis que le acompañaron con gran fidelidad, gracias al monje amigo del maestro que se los envió.

La conversación duró gran parte de la noche, como la charla de un padre y un hijo. El tiempo se detuvo y el maestro disfrutó como nunca de los apasionados relatos de su amado discípulo, que ahora sería seguramente el nuevo Emperador, mientras soplaba el viento y las estrellas adornaban el cielo como un gran diamante que latía protegiendo el mundo.

-Suzaku le hizo una pregunta que el maestro hacía tiempo esperaba.

– ¿Alcanzaré la perfección que deseé cuando nos conocimos, siendo quizás yo ahora Emperador? ¿Eso me alejará de mi objetivo o me lo facilitará? -Es una inmensa duda que tengo maestro. –Espera un momento, por favor- dijo el maestro. El maestro se levantó despacio, se fue al interior de la cueva y apareció con un laúd de una sola cuerda…..

 –   Aunque sólo tenga una cuerda funciona perfectamente, le comentó el maestro. Es de hecho un pequeño violín de madera con una cuerda que heredé de mis ancestros y antes, de joven, yo solía tocar.  El maestro lo acarició y produjo un sonido chirriante y molesto. A continuación cambió de lugar la presión de sus dedos en la única cuerda del laúd y se escuchó un sonido distinto, agradable y grave.

 

 –  Sólo depende de en qué punto de la cuerda ejerzo presión, dijo el maestro.  -¿Sabéis que las emociones tienen su paralelismo con las notas musicales? – No, contestó Suzaku, no lo sabía.  – La chirriante si la tocase mucho tiempo causa miedo o duda y la grave sugiere prudencia, tranquilidad-

   El maestro tocó varias veces el laúd en su punto medio y se escuchó en la estancia una pequeña canción melodiosa que gustó al samurái, Suzaku. Ahora es agradable dijo Suzaku.

 –   Véis? dijo, el maestro la duda, la nota chirriante que molesta, y la prudencia, la grave, pertenecen las dos a la misma cuerda y al mismo laúd de madera. Si quisiera quitar la incertidumbre o la duda cortando la cuerda y haciéndola más pequeña no se iría. Uno y otro sonido se produce con la misma cuerda pero con diferente vibración.

-Vuestro cuerpo es el laúd de madera y vuestra mente es la cuerda de láud, es una unidad. – Sólo debéis hacer vibrar la cuerda, vuestra mente, en el punto medio donde suena mejor y la duda que tenéis ahora desaparecerá quedando un sonido único, vos. Así es como podéis encontrar vuestra respuesta. Suzaku en ese instante se iluminó.

Pero, faltaba algo. Debía informar a palacio.

Suzaku envió un mensaje al Emperador indicándole que él como soldado se veía en la obligación de elegir entre ser el nuevo Emperador de Japón o ser monje. Y él ya había elegido. Sería monje renunciando al puesto ofrecido por el Emperador. Eligió esto último a pesar de saber que el Emperador le había nombrado su sucesor. ¿Lo vería el Emperador como una afrenta o una deshonra? Suzaku se lo comunicaba al Emperador como un último servicio, o quizás como el penúltimo, los dioses siempre conocen el futuro y los hombres no.

Pasaron los días y en palacio, el Emperador nombró sucesor a un miembro de su familia y envió un mensaje a Suzaku a través de un samurái, que estaba en la puerta de la cueva en la montaña, esperando la respuesta.

-Suzaku abrió el mensaje imperial y leyó- He leído, Suzaku, vuestra misiva con infinita tristeza, escribía el Emperador. Japón ha perdido un nuevo Emperador, pero yo he ganado un nuevo hijo. Gracias por todo Suzaku. Que la perfección y compasión acompañen cada acto de tu nueva vida como monje. Seguro nos volveremos a ver, al menos ese es mi deseo.-

-Suzaku sonrió y entregó la espada que en la batalla contra los mongoles le había regalado el Emperador y le dijo al soldado -entregásela al Emperador y dile que se la devuelve su hijo. Ya no la necesito, ahora solo hay paz en mi espíritu, gracias.

Al entregársela al soldado, el maestro observó unas líneas nuevas en la espada que no había visto antes. -¿Qué has grabado en la espada, preguntó el maestro curioso?-

-He grabado un texto, dijo Suzaku. – Dice así, -he sido bendecido por los dioses en esta vida, ya que nada en ella me resultó fácil, Suzaku.

 

El maestro y Suzaku se abrazaron sonriendo.

Atardecía entre el perfume de las flores de infinitos cerezos en aquel maravilloso valle donde Suzaku se encontró en casa, se encontró a él mismo y descubrió su camino interior, la senda de llegada a casa, su Ser. El atardecer iba pintando el cielo de luces y coloridos suaves de un día perfecto. Su destino como samurái se había completado, se había cerrado igual que un círculo, igual que el día finaliza con la noche, igual que una ola va a dormir por fin, a la amable orilla del infinito, que la esperaba hace tanto tiempo. Había finalizado su etapa de crisálida y comenzaba su nueva vida de mariposa, su vida de monje. Comenzaba su ansiado viaje interior.

-¿Te apetece un té?- dijo sonriendo el maestro.

Suzaku asintiendo dijo- lo haré yo maestro-

Fin 

Agradecimientos: a María José Seano por la magnífica portada y a Estrella Seano por el fantástico dibujo interior.