161-El bebé como maestro

Los bebés son espejos cristalinos y puros como son los cuerpos de los hijos pequeños.
Concretamente, si un bebé llora demasiado, si no es posible calmarlo ni amamantándolo ni acunándolo, en fin, después de cubrir sus necesidades básicas, la pregunta sería: ¿Para qué llora tanto su mamá?

Si un bebé tiene una erupción, la pregunta sería: ¿Para qué tiene esa erupción la madre? 
Si el bebé no se conecta, parece deprimido, la pregunta sería: ¿Cuáles son los pensamientos que inundan la mente de la madre?
Si un bebé rechaza el pecho, la pregunta sería: 
¿Cuáles , para qué son los motivos por los que la madre rechaza al bebé?, etcétera.

Las respuestas residen en el interior de cada madre, aunque no sean evidentes. 
Hacia allí debemos dirigir nuestra búsqueda, en la medida en que la madre tenga la genuina intención de encontrarse consigo misma y se permita recibir ayuda.

Estamos acostumbrados a rotular las situaciones nombrándolas de alguna manera superficial:
… «llora por capricho», «se contagió un virus», «¡necesita límites!», etcétera. 
Claro que los virus y las bacterias son necesarios para provocar la enfermedad, permitiendo que la sombra se materialice en algún lugar propicio para ser vista y reconocida.

En este sentido, cada bebé es una oportunidad para su madre o persona que ocupe su lugar para rectificar el camino de conocimiento personal. 
Muchas mujeres inician con la vivencia de la maternidad un camino de superación, sostenidas por las preguntas fundamentales. Y muchas otras desperdician una y otra vez los espejos multicolores que se les cruzan en este período, desatendiendo su intuición y creyendo que se han vuelto locas, que no pueden ni deben sentir esta maraña de sensaciones disparatadas. 
El bebé es siempre un maestro, el maestro que hemos creado.
Artur Garcia 
11-10-18